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Sweeney Todd. El Barbero Diabólico de la Calle Fleet.

Sweeney Todd. El Barbero Diabólico de la Calle Fleet.

Festín visual al servicio de un universo propio.

Las vidas de Sweeney Todd y Tim Burton estaban abocadas a cruzarse, al igual que en La Novia Cadáver Victor y Victoria debían casarse por conveniencia. Parecía inevitable que un personaje como el del barbero desterrado pasara a formar parte del universo Burtoniano. Un alma perdida, uno de esos pobres desamparados, un legítimo heredero de Eduardo Manostijeras, sólo que en esta ocasión, la navaja que completa el brazo del barbero (una de las frases y momentos con más fuerza de la película) sirve para degollar y no para crear peluches al estilo de Jeff Koons.

La película narra la historia de Benjamin Barker (Depp), un barbero que es encarcelado durante 15 años en Australia debido a una falsa acusación del juez Turpin, quien solo se propone quedarse con su esposa y su hija bebé. Al regreso de su injusto cautiverio, Barker regresa buscando a su familia, pero descubre que su esposa se suicidó y que el juez Turpin tiene cautiva a su hija Johanna. Entonces, Benjamin Barker cambia su nombre por Sweeny Todd, regresa a su antigua barbería y comienza a tramar su venganza. Para ello, contará con la inestimable ayuda de Mrs. Lovett (Bonham-Carter), la solitaria dueña del local ubicado debajo de la barbería.

Ésta es una adaptación al cine del musical de Sondheim al más puro estilo Burton. El ambiente lúgubre nos recuerda a Sleepy Hollow, mientras que la elección del reparto vuelve a regalarnos las una vez más magníficas actuaciones de Johnny Depp y Elena Bonham-Carter. Tras prestar su voz en La Novia Cadáver, los dos actores fetiche del director estadounidense por fin comparten plano cuerpo a cuerpo, ofreciéndonos uno de los duelos interpretativos más interesantes del año. Cabe destacar el trabajo de Alan Rickman, el profesor Severus de la saga Harry Potter, encarnando al Juez Turpin. Un trío protagonista (creo que Rickman se gana el honor de subir al mismo podio que Depp y Bonham-Carter) lleno de secretos y deseos oscuros que logra transmitir más por lo que esconde que por lo que muestra. Y es que todos y cada uno de los personajes actúa egoístamente con el único objetivo de lograr resarcirse de aquello que los atormenta. Incluso el Signor Pirelli, encarnado por el cómico creador de Borat, Sacha Baron Cohen, es en un principio la válvula de escape a tanto tormento dando la nota discordante con un vestuario fosforescente entre tanto gris, pero que se quita la máscara para mostrarse como uno más de los personajes carcomidos por un pasado en el que Sweeney Todd todavía era Benjamin Barker. El único pero que tiene el guión en cuanto a pesonajes, es que Depp no puede lucirse todavía más, debido a que el arco de Todd se estanca al cegarse con la venganza y dejando de lado lo que le lleva a ella. El sentido estético y de espectáculo que fuerza Burton en la segunda mitad del film, deja en desventaja a Depp, quien no puede ahondar más en los sentimientos de odio de su personaje al tener que centrarse en dar sentido lúdico a su festival de sangre.

Por otra parte, la adaptación de un musical requiere tomar decisiones importantes en el planteamiento inicial. Parece ser que la idea de Burton ha sido la de respetar la obra original de Sondheim, y en ese sentido, el producto final sale bastante bien parado. El tener que meter la historia en una película de 120 minutos ha obligado a Burton a tener que recortar (el musical dura 3 horas), suprimiendo ciertos números musicales esenciales de la obra original como La balada de Sweeney Todd, que habría y cerraba la actuación. Sin embargo, el espectador que no haya presenciado el musical no se topará con una partitura musical renqueante, y es que las piezas seleccionadas redondean bien la historia, aunque tal vez se eche de menos alguna referencia más al pasado. En lo que no acierta la dirección de Burton es en dotar a las secuencias cantadas la fluidez cinematográfica necesaria. Más bien, cada una de las piezas tiene como objetivo llegar a un plano final más fotográfico que cinematográfico. El encuadre de Burton crea unas imágenes espléndidas (como la del barbero con su brazo completo, citado anteriormente) que sirven para una contemplación extasiante. Pero cortan y trastabillan la fluidez cinematográfica, tal y como hemos comentado anteriormente. Esto queda patente en la pieza musical más dinámica de la película, aquella en la que Sweeney Todd, tras haberse completado como tal al reencontrarse con sus navajas, sale a la calle a mostrarse, a presentarse ante el público. Como imagen final de Todd arrodillado apuntando hacia el cielo con sus brazos preparados para degollar, funciona, pero como hilo conductor de la historia, da la impresión de estar metida con calzador.

La última película del genial Burton sigue completando un universo propio lleno de personajes malditos pero a la vez hermosos y escenarios oscuros pero a la vez alucinantes, ofreciéndonos un espectáculo visual al nivel de Eduardo Manostijeras o Big Fish. Pena que la traslación de formato no haya posibilitado llegar al nivel cinematográfico usual en el director norteamericano.

Aitor Abaroa

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