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EN EL PUNTO DE MIRA (VANTAGE POINT)

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Tiro fallido

Ver cómo abaten al presidente de los Estados Unidos en territorio español, mientras Eduardo Noriega pasa por ahí, parece haber sido aliciente suficiente para que la película dirigida por Pete Travis (Omagh) alcanzara el primer puesto de la taquilla en su semana de estreno. El público español ha apreciado que Hollywood haya tenido el detalle de situar otra de sus historias conspiratorias en un marco tan querido como el de la Plaza Mayor de Salamanca, aunque esa Plaza Mayor esté en realidad reconstruida en México, aunque los agentes de la Guardia Civil y la Policía Nacional del film nunca hayan pisado la madre patria y aunque se muestre cómo un país que sufre el terrorismo fuera de la pantalla dentro de ésta no es capaz de prevenir el ataque más previsible de todos.


En el resto del planeta, sin embargo, a priori lo interesante de la película era la propuesta formal, junto con un reparto de lujo. El film narra cómo el presidente de los Estados Unidos es asesinado en plena Plaza Mayor mientras da un discurso en una conferencia de paz sin precedentes sobre el terrorismo. Hasta ahí, nada nuevo. Lo intrigante era ver cómo Travis, contaba la historia a través de ocho relatos, ocho puntos de vista, emulando el “Rashomón” de Kurosawa o la más reciente “Corre, Lola, corre” del alemán Tom Tykwer. Pero el tiro le ha salido por la culata al inglés, aunque tal vez no deba recaer toda la responsabilidad en el director, y es que el guión de Barry L. Levy deja mucho que desear. ¿Acaso era necesario repetirse ocho veces cuando la mitad de los personajes no tienen nada que aportar a la historia? Sin duda, NO.


El film comienza de manera sugerente. El director se pone en la piel del personaje interpretado por Sigourney Weaver, la realizadora del informativo que de fe del evento y pone las cartas sobre la mesa. “Al igual que ella, decido que cámara pinchar, que punto de vista mostrar, decido quien os contará la historia". Y los primeros narradores cumplen con su papel: nos sitúan a los “buenos”, a los "malos” y al turista, interpretado con gran solvencia por un Forest Whitaker siempre cumplidor, que se sitúa en medio de los dos bandos. El problema llega cuando el espectador tiene que volver a tragarse la historia sin que se le explique nada nuevo y el triángulo subjetivo se convierte en un poliedro que desconcierta a cualquier matemático. El turista y la madre con su hija son, al igual que el presidente (William Hurt) y el escolta (Dennis Quaid), o el policía corrupto interpretado por Noriega y el cabezilla del grupo terrorista, el mismo punto de vista subjetivo. El espectador llega a tirarse de los pelos cada vez que la cinta empieza el rebobinado para volver a empezar.


Y de pronto, el guión de Levy no es capaz de contar el post-asesinato con la misma fórmula formal que es la razón de ser del film, y éste se convierte en un Bourne de Greengrass. En favor de Travis hay que decir que las persecuciones están bien resueltas, con ritmo frenético y mucho pulso. Sólo que para variar, el Opel Corsa que coge prestado el escolta encarnado por Quaid, pasa por el taller de chapa y pintura unas cuatro veces en cinco minutos de persecución. Sin embargo, la trama hace aguas por los cuatro costados. El personaje de Whitaker se convierte en reportero vocacional y sigue a los terroristas, cámara de turista en mano, recorriendo media ciudad para en el último momento, llegar a salvar a la niña a la que le chafó el helado en la plaza, de la ambulancia que la está apunto de atropellar, que resulta ser el vehículo que los terroristas utilizan para escapar. ¡De película! Nunca mejor dicho. Los encuentros fortuitos y golpes de suerte imprescindibles en los films de acción, resultan simpáticos cuando las protagoniza John McClane o Ethan Hunt, pero resultan irrisorios en personajes de carne y hueso sin título oficial de héroe.


Dentro del reparto estelar, cabe subrayar la labor de un Dennis Quaid carcomido por las dudas y la inseguridad, que resulta ser el único personaje de la película con algún matiz destacable, mientras que William Hurt se une a la ilustre lista de actores que encarnan al presidente de los Estados Unidos, con una actuación más que correcta, pero sin llegar a su nivel usual. En un escalón más bajo, Matthew Fox aprobecha el éxito de la serie “Lost” para relanzar su carrera en la gran pantalla sin mucho brillo. Y no podemos olvidar a Eduardo Noriega, quien da el primer paso hacia Hollywood en un personaje que tranquilamente podría no existir y que siguiendo la corriente de los últimos años en el doblaje español, se dobla a si mismo con un resultado mediocre.


Un experimento que se ha quedado en agua de borrajas, debido a la excesiva ambición en el sentido cuantitativo de la propuesta y al pobre guión que a mitad de camino desiste ante la dificultad de la empresa encomendada. Una película que confunde el puro entretenimiento artificioso con el cuento predilecto americano del héroe que todos llevamos dentro.

 Aitor Abaroa Sesma

1 comentario

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