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el ojo del siglo

el ojo del siglo

En Tarragona,  la sala de exposiciones de la Obra Social “La Caixa”, tiene lugar una gran retrospectiva del fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson.Conocido como “el ojo del siglo”, sus obras son testimonio de la transformación del mundo durante el siglo xx; refleja con gran precisión los movimientos artísticos, políticos y sociales de este siglo pasado. 

La exposición consta de ciento treinta y tres instantáneas realizadas entre los años 1932 i 1979 donde el fotógrafo ha captado des de eventos históricos como la incineración de Gandhi y la coronación de Jordi VI de Inglaterra hasta los que describen con detalles la vida cotidiana 

En sus fotografías son destacados los paisajes urbanos donde Bresson dedico alguno de sus momentos y en donde podemos observar diversos lugares en diferentes épocas, hecho que a los jóvenes de hoy en día nos puede ayudar a entender un poco más la vida para aquel entonces. También hay constancia de retratos de celebridades de la cultura, el arte y la política como Henri Matisse, Truman Capote, Giacometti, Mao Zedony o Marie Cury entre otros. Pero la mayoría de instantáneas son protagonizadas por personas anónimas en el mundo, pero que Henri, con la puesta en escena involuntaria ha conseguido que estos retratos anónimos cojan una fuerza extraordinaria. 

El fotógrafo también paso varias veces por nuestro país, y la muestra incluye unas series de fotografías de las ciudades de Barcelona, Córdova, Madrid, Valencia y Sevilla. Muestra los efectos de la guerra civil española en estas ciudades, donde se refleja la pobreza, la agonía, el caos, la miseria de la dura época que estaba viviendo el país en ese momento.  

Es muy difícil seleccionar las fotografías que más me han gustado, ya que me fascinan todas y más aún la naturalidad que todas ellas reflejan. Es más que admirable la manera que el fotógrafo encontraba la imagen perfecta para transmitir lo que quería. Cierto que son muchos los que se preguntan y afirman que  las fotografías estaban preparadas con anterioridad, pero lo que transmiten la gente de todas aquellas instantáneas no seria lo mismo si fuera todo un montaje. Esto es lo que creo yo, o vamos, lo que prefiero creer.  

Recomiendo totalmente este recorrido por todo el mundo visto des de los ojos de Henri Cartier-Bresson. A parte de las magnificas instantáneas, la exposición esta muy bien organizada, las imágenes están distribuidas por temáticas i/o países y antes de iniciar la visita hay en tu disposición la biografía entera del autor así como varios libros de coleccionista donde se encuentran todas las fotografías no incluidas en la exposición. He echado en falta pero algún rincón donde se reproducieran alguna de las películas dirigidas o producidas por el mismo Bresson.  Quizás otra vez.    

Laia Navarro  

BINOMIS, Obra social LA CAIXA

BINOMIS, Obra social LA CAIXA


Música + lletgismes
Stanislau Verdet + Crustacis Homologats

Que alguien suba a un escenario acicalado con un peinado "retro" y comience a recitar chistes no es nada nuevo. Que se rodee de una decena de instrumentos y dé la bienvenida al público tampoco nos sorprende. Ni siquiera parece extraño que la taquilla espante al público desinteresado y el aforo de la sala se reduzca a un par de devotos, un periodista despistado, dos aburridos enamorados, tres agarrados invitados, y una señora de ochenta años que llega con retraso. Diez minutos. Precisamente el tiempo que tardó en romperse la previsibilidad, o sea, la predecible rutina de estos acontecimientos boicoteados por sus propios profetas: los “guays”.

El ciclo Binomis organizado por LA CAIXA invitó a Estanislao Verdet y cuatro músicos agrupados en la banda Crustacis Homologats a subirse al escenario, para presentar su último trabajo, Un que de llest és tonto i un que de tan tonto és llest (uno, que de feo es tonto, y que de tonto que es feo). De paso, destaponaron lo más rancio de un par de puñados de mentes que, por gusto o casualidad, actuaron de público. El artista (Paul Vallvé) presentó la enésima gota de la esencia del postmodernismo: el lletgisme; Abstenerse los clásicos y puristas: se trata de darle otra vuelta a la liberación de la creatividad, “la pasión por lo feo, lo cutre y ridículo como método de expresión”.

Uno puede imaginar el pensamiento de aquella señora que pospuso la vejez, cuando Estanislao comenzó sólo en el escenario, disculpándose por el retraso y haciendo música mezclando ritmos producidos por sus propias manos. Los ritmos se repetían a modo de bucle, mientras él comenzaba uno nuevo y dejaba sonar el resto en el ambiente. Se las apañó para componer la primera canción, con melodía incluida y dejando que la decena de instrumentos que le acompañaban fueran meros testigos. El primer contacto fue, cuando menos, inesperado y singular. Una puesta en escena insólita e interesante.

“¿Hay alguien entre el público que sepa tocar algún instrumento?”, fue recluyendo sus compañeros desperdigados en la sala. El estribillo de la primera pieza: “que mierda de canción, la letra no hace más que repetirse”; el argumento de la segunda: “el perro Rodolfo”; el leit-motiv de la tercera: “soy adicto al fluimocil”; y el mensaje de la cuarta: “los doblajes de TV3 son de pena”… y así sucesivamente, sin ser nuestra intención desvelar las sorpresas del espectáculo. Letras, pues eso, ridículas, feas, e incluso estúpidas para aquellos que todavía no se hubieran adaptado al buen ambiente creado en la sala gracias al humor exquisito del trovador. Piano, saxo, xilófono, un puñado de guitarras, un bajo, y la percusión digital del protagonista. Gotas de mucha improvisación, sobre todo en los discursos y frases apologéticas, para cocinar un experimento musical con melodías pegadizas a capela y ritmos variados: desde un vals hasta música africana. Ese fue el menú que la octogenaria señora degustó sin rechistar.

¿Qué estarían pensando los enamorados, los despistados, el profesional, y la jubilada? Probablemente pensaban que le paguen a alguien por hacer el gilipollas es un privilegio. O que hacer el ridículo y quedar bien, pasárselo bien y ser entretenido, es una virtud. O que inventar un nuevo humor, hacer reír al público bajo el tufo del postmodernismo sea una capacidad de ese elegido. O que merece la pena dar una oportunidad a las nuevas formas creativas y dejarse de prejuicios. Los que no pudieron juzgar ni disfrutar fueron los guays, y los freaks; o los que son freaks y guays a la vez. Pero tampoco se les echó de menos.

Julen Orbegozo