Iron Man
El héroe que pudo cambiar nuestra visión de los EEUU
"Si existiera la paz, yo no tendría trabajo". Con esa declaración de intenciones se nos presenta Tony Stark, genio de la ingeniería, vividor y mujeriego, abastecedor mundial de armamento de alta tecnología. En la enésima adaptación cinematográfica de uno de los superhéroes de la Marvel, el Iron Man que dirige John Favreau, hay algo que llama la atención desde un principio: el protagonista, Stark, es un personaje con unos principios éticos discutibles, un señor de la guerra arrogante y prepotente, que sin embargo se hace simpático y atractivo. Es la personificación misma de unos Estados Unidos vistos desde el lejano teleobjetivo europeo. Y es desde ese punto de vista desde donde una segunda lectura es posible. El planteamiento inicial es claro: "En los Estados Unidos las cosas se hacen así. Admitimos que tal vez no sea la mejor forma, pero así son las cosas". El espectador europeo agradece la sinceridad de la propuesta, hasta que se da cuenta de que se la están metiendo doblada.
Stark, interpretado de forma excelente por Robert Downey Jr. (el papel le viene como un guante) es secuestrado por unos terroristas mientras hace una demostración del último de sus misiles, llamado Jericó, a militares estadounidenses. Secuestro que curiosamente se lleva a cabo utilizando armas con el sello de Stark Industries. Aunque el guión sitúe a esos terroristas en un país ficticio, la alusión clara y directa a Afghanistán es más que evidente. Sin embargo, lo que en cualquier otra película sería motivo de indignación para los espectadores del viejo continente, en este caso es toda una revelación, toda una declaración de culpabilidad: "Ellos siguen siendo los malos, pero somos nosotros los que los armamos hasta los dientes". Este planteamiento inicial, más tras el 11-S, es un golpe difícil de encajar para una sociedad que, aunque en los últimos tiempos parece estar dando un cambio significativo en cuanto a este tema se refiere, todavía se muestra reacia a cargarse sobre sus espaldas cadáveres de niños que "nacen terroristas".
Pero a medida que va avanzando la trama va apareciendo el plumero. Durante el cautiverio al que es sometido Stark junto con el Doctor Yinsen, quien le ha salvado la vida al implantarle en el pecho una corriente magnética que impide que la metralla incrustada en su cuerpo llegue a su corazón, éste se va dando cuenta de que su trabajo en pos de la seguridad de sus compatriotas sirve para que gente inocente sea asesinada indiscriminadamente. A partir de ahí, la ilusión de una autocrítica moral se desvanece, y es que el antihéroe sin escrúpulos se convierte en un moñas que decide hacer el bien, en el héroe por antonomasia. Y lo peor está por llegar, teniendo en cuenta que la crítica planteada en un principio se va convirtiendo cada minuto que pasa en la usual moraleja de la manzana podrida. Resulta que Obadiah Stane (Jeff Bridges), mentor de Stark tras la muerte del padre de éste, está en realidad detrás del secuestro, con la única intención de hacerse con el control de la empresa y establecer lazos comerciales con terroristas. Así, toda la responsabilidad moral de la carrera armamentística recae en la manzana podrida de una sociedad modelo, que en la obligada batalla final, Iron Man-Stark se encarga de hacerle rendir cuentas.
Una vez hecha esta reflexión, cabe destacar que en materia de entretenimiento la película de Favreau cumple con las expectativas airosamente. A ello contribuye de manera decisiva el trabajo de Downey Jr. en la piel de Tony Stark. Ningún otro actor podría ser más adecuado para el papel. Sus devaneos con las drogas y las constantes visitas a la cárcel, hacen que la identificación entre el actor y el personaje sea un hecho nada más pronunciar su primer discurso. Además, el toque cómico que Downey Jr. imprime al personaje sirve de perfecta excusa para tapar las deficiencias de un guión demasiado corto (por cuestiones de metraje) para todo lo que se quiere contar. Y es que tal y como sucede en muchas otras películas de superhéroes con proyección de franquicia, explicar en condiciones la evolución del personaje hasta que se convierta en superhéroe lleva su tiempo. La parte más interesante, y divertida, es aquella en la que Stark, recluido en su mansión, va perfeccionando el traje que le ha servido para huir de los terroristas. Las pruebas de vuelo y sobretodo, la relación con su mayordomo-robot, hacen que la sonrisa del espectador haga acto de presencia en repetidas ocasiones.
En cuanto al resto del reparto, parece imprescindible mencionar el trabajo de un irreconocible Jeff Bridges, que con su mera presencia física llega a robar protagonismo por momentos al propio Downey Jr, aunque también es verdad que durante la última parte en la que el personaje se pasa al lado oscuro, se echa de menos un poco más de mala leche. Y también subrayaría la aportación de Gwyneth Paltrow en un papel que no permite muchos lucimientos pero que la actriz norteamericana sabe dotar de matices interesantes, sobretodo, a la hora de jugar a la ambivalencia de mujer recatada pero de una sensualidad extrema. El cuarto gran nombre del reparto es el de Terrence Howard en el papel del piloto de la armada James Rhodes, quien no pasa de una actuación comedida. Es de esperar que su personaje evolucione lo debido en la secuela, en la que presumiblemente se convierta en el aliado en batalla de Iron Man, War Machine.
Por último, no quisiera acabar sin mencionar el excelente trabajo de diseño de producción. El mundo tecnológico que rodea a Stark está cuidado al detalle y se hace creíble dentro de la inverosimilitud de la historia. La naturalidad con la que hacen acto de presencia todos los artilujios dentro de la historia, sin que se les dé una importancia añadida, hace que el espectador no pierda el tiempo en pararse a estudiar la improbable existencia de tal tecnología. Al mismo tiempo, las escenas de acción una vez Iron Man hace acto de presencia, y sobretodo, las de vuelo, son exquisitas debido a la plasticidad del traje; un gran trabajo de diseño.
Aitor Abaroa
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